Nuestros Vinos

El vino de Montilla-Moriles no se fabrica: se cría, como se cría a un niño o a una flor. Nitidez en el color, atractivo en la fragancia, suavidad en contacto con el paladar, perfección en el conjunto. Todas estas cosas juntas, pero dotadas de una personalidad inconfundible, mezcla acaso de brío y sutiliza, constituyen el tesoro y la alegría de los vinos de Montilla-Moriles.

La crianza se realiza en botas o toneles de roble americano, mediante el sistema de criaderas y soleras. Es una sucesión de escalas, cada una de ellas formada por un determinado número de botas con vino de idéntico tipo y momento de crianza.

Con esta fórmula se consigue lanzar al mercado un vino de “tipo constante”, manteniendo siempre las mismas características. La transformación se efectúa por virtud del famoso “velo de flor”, que no es sino una densa capa de levadura que flota en la superficie líquida de la bota. La escala con vino más viejo es la solera, que es la que posee el “carácter” definitivo, es decir, el vino-tipo que se pretende obtener. La solera se sustenta con vino de la primera criadera. El vacío que se produce en la primera criadera se repone con vino de la segunda criadera, ésta se nutre de la tercera, y así sucesivamente, garantizando así su inalterabilidad, su tipo “constante”.

Blancos

Vino sin envejecimiento, de color muy pálido, casi transparente, brillante, frutoso a la nariz y seco.

Finos

Vino generoso, de color amarillo pálido con delicados tonos verdosos, de sabor seco y persistente.

Pedro Ximenez

Vino dulce natural.

Frizzantes

Vino cuyo proceso de fermentación se hace a baja temperatura, manteniendo restos de carbónico.

Amontillados

El rey de los vinos generosos.

Olorosos

Vino generoso de crianza exclusivamente oxidativa en botas de roble americano.

Tintos

Elaborados principalmente a partir de uvas tintas.

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Cómo lo hacemos

CRIANZA Y ELABORACIÓN

Crianza por el sistema de soleras y criaderas

El vino de Montilla-Moriles no se fabrica: se cría, como se cría a un niño o a una flor. Nitidez en el color, atractivo en la fragancia, suavidad en contacto con el paladar, perfección en el conjunto. Todas estas cosas juntas, pero dotadas de una personalidad inconfundible, mezcla acaso de brío y sutiliza, constituyen el tesoro y la alegría de los vinos de Montilla-Moriles.

La crianza se realiza en botas o toneles de roble americano, mediante el sistema de criaderas y soleras. Es una sucesión de escalas, cada una de ellas formada por un determinado número de botas con vino de idéntico tipo y momento de crianza.

Con esta fórmula se consigue lanzar al mercado un vino de «tipo constante», manteniendo siempre las mismas características. La transformación se efectúa por virtud del famoso «velo de flor», que no es sino una densa capa de levadura que flota en la superficie líquida de la bota. La escala con vino más viejo es la solera, que es la que posee el «carácter» definitivo, es decir, el vino-tipo que se pretende obtener. La solera se sustenta con vino de la primera criadera. El vacío que se produce en la primera criadera se repone con vino de la segunda criadera, ésta se nutre de la tercera, y así sucesivamente, garantizando así su inalterabilidad, su tipo «constante».